Inicio » ¿Tiene un perro Naturaleza de Buda?
¿TIENE UN PERRO NATURALEZA DE BUDA?
por el Upsaka Yin Cai
Remington siempre me saluda cuando atravieso la puerta principal, y así ha sido desde el día en el que la recogí. Regreso del trabajo o de hacer recados y allí está ella, dando vueltas alrededor de mis pies y sonriéndome, meneando su rabo tan duramente que casi pensarías que se iba a partir en dos. Entonces me seguirá allá donde vaya hasta que me agacho para acariciarla, en cuyo momento me dará unos lametones entusiastas en la cara.
Durante años ésta ha sido nuestra rutina para saludarnos: sin importar el ánimo que tuviera o lo que rondara por mi mente, ella estaría tan contenta de verme como el día anterior – e igual de demostrativa. Aunque ella nunca ha variado una única vez su respuesta, yo tuve una razón para variar la mía. Hace un año, bastante abruptamente, su abdomen empezó a hincharse, y comenzó a ganar peso notablemente. La llevé al veterinario, que rápidamente diagnosticó el misterioso aumento de peso como tumores de ovarios y útero. Unos días después la operó y extirpó un tumor cancerígeno de 5 kg. el cual, observó, se había extendido a su hígado, riñones, y estómago. Retiró los órganos malignos y todos los pequeños tumores que pudo. El pronóstico era desalentador e inequívoco. Remmy probablemente moriría en dos meses.
Resulta difícil de explicar el vínculo que se puede formar entre un hombre y una perra que nunca le ha sido crítico y que siempre le ha sido fiel - exclusivamente. Mientras todavía estaba en el veterinario, recuperándose de la cirugía, fui a trabajar y no podía evitar pensar en que en algún momento del futuro próximo, quizás incluso al cabo de unos pocos días, regresaría a casa, justo de la misma manera en la que siempre lo había hecho, con un millón de cosas diferentes en mi mente, y ella no estaría allí para correr hasta la puerta y saludarme. Podía verme a mí mismo pensando, "Algo no está bien aquí" y entonces, en un instante, la habitación se oscurecería y allí me quedaría de pié en la entrada, mirando al vacío.
La traje a casa de la consulta del veterinario y la llevé hasta su caseta. Esta desanimada, todavía un poco drogada. Al día siguiente cuando conduje a casa desde el trabajo y entré por la puerta, allí estaba ella, apresurándose a saludarme sencillamente tan contenta como siempre lo había estado. Recuerdo que se paró y recogió su juguete de cuerdas y me lo trajo. Los pit bull son perros granjeros trabajadores, criados para sujetar con sus dientes y aguantar; y en cuanto Remmy se encuentra con ánimo juguetón me trae su juguete de cuerda, tentándome a agarrar su otro extremo. Pero aquel día no quería jugar al tira y afloja con ella, tan sólo quería sentarme y llorar. Su actitud cambió inmediatamente, y, con esfuerzo, se subió al sofá y comenzó a lamerme la cara.
Ahora, resultaba que ella era la que estaba dolorida, enferma terminal; y yo al contrario era el que estaba saludable, balbuceando tonterías en el sofá – ¡y ella me estaba reconfortando! En el momento en el que me di cuenta de esta idiotez, entendí el altruismo de una manera muy profunda. Casi fue tan duro como si algo o alguien – quizás incluso el Maestro Hsu Yun – estuviera de pié enfrente mío, señalando a Remmy y diciéndome "¿Ves esto? Así es exactamente como deberías ser tú."
Podemos estudiar los dogmas y los principios de nuestra religión, pero realmente no los entendemos hasta que tenemos momentos como éste. De repente me resultó claro que el Zen no es algo que podamos adquirir intelectualmente, sino que es algo que se "vive" o quizás sería mejor decirse que se "es."
Hay que considerar lo siguiente... Aquel día llegué a casa, deprimido porque mi perra Remington tenía cáncer. Pero Remmy se estaba comportando como si no pasara nada malo después de todo. En mi mente, mi perra estaba muriendo. En su mente, "¡Kenny está en casa y quiero jugar!" Y yo era incapaz de jugar con ella porque me encontraba sobrecogido por la emoción. Debido a ello su mente cambió de marcha, "Kenny está intranquilo. Tengo que hacerle sentir mejor." Yo estaba enredado con la emoción y Remington estaba tan viva, viviendo en el momento, de instante en instante, e ignoró cualquier incomodidad que estuviera sintiendo para poder conseguir un rato de diversión, y también para confortarme mientras me sentía triste.
Han pasado diez meses desde su operación, y tan sólo ahora está empezando a mostrar signos de deterioro físico – necesita salir afuera a orinar con mayor frecuencia.
De vez en cuando, al pensar en Remmy, o hablar acerca de ella como estoy haciendo ahora, no puedo evitar centrarme en el hecho de su inminente muerte. La conversación puede haber empezado con una de sus aventuras de cachorro, pero siempre el tema de su muerte consigue infiltrarse en la discusión. Algunas veces cuando la miro no veo a mi vieja amiga Remmy. Veo a "Remmy, la perra moribunda " y eso me hiere. Pienso acerca de mi perdida, y esto es autocompasión, tanto que hasta me impidió concederla el pequeño placer de jugar al tira y afloja. Nunca dudé en demostrarla mi afecto por ella con anterioridad. Antes, ella era mi amiga, mi compañera inseparable. Ella era la razón por la que los miembros de bandas y traficantes de droga de mi barrio nunca me molestaron cuando salíamos a pasear juntos por la noche. Ella era la que nunca dejó que nada de lo que hiciera, bueno o malo, alterara su consideración por mí.
Intelectualmente, siempre supe que algún día ella moriría. Todo termina muriendo. Es el orden natural de las cosas. Volviendo a cuando ella estaba saludable, podría hacer sido atropellada por un coche o picoteada hasta la muerte por los avispones del jardín trasero. Podría haber muerto de muchas maneras, bajo cualquiera de una serie infinita de circunstancias. Pero esa es una muerte hipotética y una presunta pérdida. Esto era la realidad.
Bajo tales extremos las relaciones humanas suelen cambiar. Las personas que han establecido vínculos afectivos suelen reaccionar con algún tipo de ansiedad de separación cuando alguno de ellos se pone enfermo terminal. El miedo a entrar en el desconocido mundo tras la muerte, o a quedarse vivo cuando el apoyo de tal vínculo se ha roto, se demostrará de unas formas inusualmente desagradables. El moribundo sollozará envuelto en la autocompasión, y el que le proporciona los cuidados proclamará su matirio. Remmy no vive como una criatura moribunda que debe crear una nueva relación con un cuidador. Ella no ha cambiado. Esta es la característica eterna, incondicional de la verdad Budista. El amor de un perro es una constante compasiva. El día en el que yo lloré, esto es lo que Hsu Yun parecía reclamar – que emulara a esta sencilla perra que incluso ante la extremidad continúa sintiendo compasión desinteresadamente por aquellos que sufren – y nunca la desaprovecha consigo misma.
Por tanto ahora intento hacer como si nada hubiera cambiado. Sé que ella se volcará en reconfortarme si me ve triste. Nunca cuestiona la razón de mi humor o decide si ésta merece consideración. Para ella es suficiente con que me vea triste. No importaría si supiera por qué.
Ahora mismo está rascando la puerta que da a la habitación del ordenador. Voy a finalizar este texto y salir a jugar con ella. La daré de comer una de esas delicias de cecina de buey que tanto la gustan o quizás encargue una pizza. La encanta comerse los bordes.
Hay un antigüo koan que dice: ¿Tiene un perro Naturaleza de Buda? La respuesta no es "Mu." La respuesta es "Sí."